Tan egoísta es el recuerdo
que regresó y sopló,
justo que acomodaba
las últimas piezas
de mi equilibrio.
jueves, 9 de junio de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
Una o La cachetada
I
En la noche glaciar o en la tarde de ruta,
mientras mis ojos buscaban descanso
en el saludo de los árboles,
tu sinceridad se desnudaba,
y mis decisiones, de reflexiones prudentes,
se desvanecían.
II
En la casa que abrazaba
con delicado recelo
la oscuridad del temible abandono,
en tanto apreciaba el retrato de tu lectura,
la diosa idea, de vergonzante fantasía, no resistía,
la salvaje elegancia de tu libertad.
III
Restregándome entre los residuos de la siesta,
en tanto reestimo
las precisas dimensiones
de mi soledad,
el escape inminente pareciera perderse,
mientras tu mirada me regala
airada sencillez.
En la noche glaciar o en la tarde de ruta,
mientras mis ojos buscaban descanso
en el saludo de los árboles,
tu sinceridad se desnudaba,
y mis decisiones, de reflexiones prudentes,
se desvanecían.
II
En la casa que abrazaba
con delicado recelo
la oscuridad del temible abandono,
en tanto apreciaba el retrato de tu lectura,
la diosa idea, de vergonzante fantasía, no resistía,
la salvaje elegancia de tu libertad.
III
Restregándome entre los residuos de la siesta,
en tanto reestimo
las precisas dimensiones
de mi soledad,
el escape inminente pareciera perderse,
mientras tu mirada me regala
airada sencillez.
jueves, 10 de marzo de 2011
Si describo el amanecer que despierta en rumores
o la noche que nadie apaga.
Si nombro los jardines hermanos del rocío
o evoco la distancia que no es olvido,
pero es distancia.
Si canto, todavía, si canto:
¡oh tiempo nunca serás tan largo como el arte!
o me siento y sentencio:
“la envidia del infinito al verme dormido en tus notas”.
Todo aquello, que es nada
no es porque te busque
sino porque esquivo lo inefable.
¿Qué aliento sudará la voluntad?
o la noche que nadie apaga.
Si nombro los jardines hermanos del rocío
o evoco la distancia que no es olvido,
pero es distancia.
Si canto, todavía, si canto:
¡oh tiempo nunca serás tan largo como el arte!
o me siento y sentencio:
“la envidia del infinito al verme dormido en tus notas”.
Todo aquello, que es nada
no es porque te busque
sino porque esquivo lo inefable.
¿Qué aliento sudará la voluntad?
lunes, 31 de enero de 2011
Tus pecas:
el cielo en color sueño.
Tu mirada, teatralizada de cotidiano,
ahora es la tarde cuando se atrasa la luna,
la noche que se guarda en el estante
el ujier la acicala
para la próxima obra.
Ellos, los que guardan celosos el instante infinito.
Tu presencia:
energía impalpable,
cual la órbita.
Tan decisiva como invisible
cual la gravedad.
Escapás a la vulgaridad de las dimensiones;
Te sentás
parás
volvés,
mirás el almacén de pensamientos
con ojos atajados.
Tus labios:
el recuerdo
cuando se acuesta en la nostalgia;
erizan.
Eras extraña;
porque eras la verdad.
¡Monopolio del estímulo eterno!
¡Sos el tiempo que se burla de las horas!
el cielo en color sueño.
Tu mirada, teatralizada de cotidiano,
ahora es la tarde cuando se atrasa la luna,
la noche que se guarda en el estante
el ujier la acicala
para la próxima obra.
Ellos, los que guardan celosos el instante infinito.
Tu presencia:
energía impalpable,
cual la órbita.
Tan decisiva como invisible
cual la gravedad.
Escapás a la vulgaridad de las dimensiones;
Te sentás
parás
volvés,
mirás el almacén de pensamientos
con ojos atajados.
Tus labios:
el recuerdo
cuando se acuesta en la nostalgia;
erizan.
Eras extraña;
porque eras la verdad.
¡Monopolio del estímulo eterno!
¡Sos el tiempo que se burla de las horas!
sábado, 11 de diciembre de 2010
Un recuerdo
…En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado…
F. Nietzsche
Un recuerdo que invoca el deseo,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tu abrazo falso
Que dilataba el metal,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tus tardes de ausencia
Que hipnotizaban mi escena,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tu beso edulcorado
De poder de la naturaleza,
Un recuerdo.
Te vestiste de mi esclavitud,
Criatura venerable,
Como una reina con la de un pueblo.
Belleza redonda
Inalcanzable para la ciencia,
Rutina que no aburre
Camino que esconde el horizonte.
Un recuerdo de tus páginas húmedas
Se desintegra en mis sueños.
Esas páginas donde suelo escupir
Mi desangrado rencor.
Un recuerdo;
Esa es la incalculable riqueza
Que me obsequiaste sin saber.
F. Nietzsche
Un recuerdo que invoca el deseo,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tu abrazo falso
Que dilataba el metal,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tus tardes de ausencia
Que hipnotizaban mi escena,
Un recuerdo.
Un recuerdo de tu beso edulcorado
De poder de la naturaleza,
Un recuerdo.
Te vestiste de mi esclavitud,
Criatura venerable,
Como una reina con la de un pueblo.
Belleza redonda
Inalcanzable para la ciencia,
Rutina que no aburre
Camino que esconde el horizonte.
Un recuerdo de tus páginas húmedas
Se desintegra en mis sueños.
Esas páginas donde suelo escupir
Mi desangrado rencor.
Un recuerdo;
Esa es la incalculable riqueza
Que me obsequiaste sin saber.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
...Sueño, heroína del cine blanco y negro...
Caminaba su laberinto y mientras tanto adelantaba un pie al otro. Era el barrio más olvidado, solía decir su abuela, en sus continuas citas del pasado que la acercaban a lo habitual. De paso ansioso intentaba recordar su presente de casas bajas nomencladas por su lejanía de la avenida.
La avenida
En ella descansaba toda la esperanza de progreso de la comunidad. Cada adoquín reemplazado esa tarde de horas asimétricas, decoró de áspero suceso toda su ilusión. Esas fueron las recetas codiciadas por el pueblo.
El pueblo
De paredes despintadas, ojos violetas y árboles relajados. Las casas que se empujaban para tocar la avenida, terrazas decoradas de golondrinas y sus excrementos.
Ahogado de abstracciones no dejaba de citarlas, y así, las vestía de círculo.
El círculo
Conseguía confundirse con la rotonda de la avenida, dispuesta exactamente en la mitad de la misma, pero no podía referirse a otra cosa que a la vida.
El paso que no quería perderle el paso se aceleraba inevitablemente. Ya había dejado atrás dos cuadras desde que bajó del colectivo y no paraba de pensar en ese pueblo, esa avenida, ese círculo.
Todo encaminado así como se lo vio a su proyecto vagar por sus células, jamás. El, con frecuencia, se contaba estas cosas; quizás similar a mi manera, pero corría con la ventaja de la decisión de tratar de decidirse, mientras él sigue en el contorno. Muchas veces lo ha logrado pintar con colores muertos que aparentaban un grado de realidad conmovedor; lograron sonreírlo, llorarlo.
Sonreír, llorar
Ningún color, aroma, sonido, textura;
O todos juntos.
En los extremos dormita la nada;
Corren por dentro.
A esas dos cuadras se le sumaron cortadas y bocacalles, pero nada se parecía al sueño.
Esperaba; la motivación
-Sólo estás despierto, ya te vas a dormir.
El primer indicio de humanidad lo experimentó en la segunda esquina. Dos personas que se saludaban;
-Persona 1- ¡Hola! ¿Cómo andás?- Una mujer de unos probables 70 años de joroba pronunciada y mirada inquisidora, sonería cuidadosamente para sostener los dientes artificiales y vendía su aspecto de sagrada escritura. Porque solo lloraba escondida en su habitación.
-Persona 2- Todo bien. ¿Usted?- Un muchacho, pelo ataviado, de cortesía desganada.
Ahí encontró al hombre. No en una boca chorreada de sangre desgarrando la carne del vecino, sino en una costumbre opaca y aburrida. En el rito de un saludo deshonesto.
Caminaba su laberinto y mientras tanto adelantaba un pie al otro. Era el barrio más olvidado, solía decir su abuela, en sus continuas citas del pasado que la acercaban a lo habitual. De paso ansioso intentaba recordar su presente de casas bajas nomencladas por su lejanía de la avenida.
La avenida
En ella descansaba toda la esperanza de progreso de la comunidad. Cada adoquín reemplazado esa tarde de horas asimétricas, decoró de áspero suceso toda su ilusión. Esas fueron las recetas codiciadas por el pueblo.
El pueblo
De paredes despintadas, ojos violetas y árboles relajados. Las casas que se empujaban para tocar la avenida, terrazas decoradas de golondrinas y sus excrementos.
Ahogado de abstracciones no dejaba de citarlas, y así, las vestía de círculo.
El círculo
Conseguía confundirse con la rotonda de la avenida, dispuesta exactamente en la mitad de la misma, pero no podía referirse a otra cosa que a la vida.
El paso que no quería perderle el paso se aceleraba inevitablemente. Ya había dejado atrás dos cuadras desde que bajó del colectivo y no paraba de pensar en ese pueblo, esa avenida, ese círculo.
Todo encaminado así como se lo vio a su proyecto vagar por sus células, jamás. El, con frecuencia, se contaba estas cosas; quizás similar a mi manera, pero corría con la ventaja de la decisión de tratar de decidirse, mientras él sigue en el contorno. Muchas veces lo ha logrado pintar con colores muertos que aparentaban un grado de realidad conmovedor; lograron sonreírlo, llorarlo.
Sonreír, llorar
Ningún color, aroma, sonido, textura;
O todos juntos.
En los extremos dormita la nada;
Corren por dentro.
A esas dos cuadras se le sumaron cortadas y bocacalles, pero nada se parecía al sueño.
Esperaba; la motivación
-Sólo estás despierto, ya te vas a dormir.
El primer indicio de humanidad lo experimentó en la segunda esquina. Dos personas que se saludaban;
-Persona 1- ¡Hola! ¿Cómo andás?- Una mujer de unos probables 70 años de joroba pronunciada y mirada inquisidora, sonería cuidadosamente para sostener los dientes artificiales y vendía su aspecto de sagrada escritura. Porque solo lloraba escondida en su habitación.
-Persona 2- Todo bien. ¿Usted?- Un muchacho, pelo ataviado, de cortesía desganada.
Ahí encontró al hombre. No en una boca chorreada de sangre desgarrando la carne del vecino, sino en una costumbre opaca y aburrida. En el rito de un saludo deshonesto.
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